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7preguntas (y respuestas) para bajar la temperatura a la ola anti ESG

(Foto Istock) Este articulo fué publicado previamente en el diario El Economista, el 5 de abril de 2024

En este artículo planteo siete preguntas (con sus respectivas respuestas) con las que ofrecer argumentos para volver a los orígenes de la sostenibilidad y reencontrar consensos básicos con los que se avanzó en esta figura desde mediados de los años ochenta.

Son tiempos de polarización; nadie puede negarlo. Los grises y los colores sutiles han desaparecido y ahora todo es blanco o negro; cero o uno; fascista o comunista. Se ha perdido la racionalidad.

Por eso, es normal que la polarización política esté en el origen de la ola anti ESG que vivimos hoy. En todos los foros a los que asisto, y en todas las clases que imparto, cada vez que empiezo a hablar de sostenibilidad prefiero poner el “elefante” en la mesa para poder avanzar. Así que suelo empezar explicando que estamos en un momento en el que es frecuente oír afirmaciones como estas: “la ESG ya está muerta”, “esto es cosa de comunistas”, “es un movimiento anti empresarial”; y si pregunto por los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030 (ODS), el run run se multiplica por N (cuando N tiende a infinito).

Por eso, en busca de esa racionalidad, suelo pedir a los asistentes que dejen por un momento fuera del aula “el ruido político” y que intentemos responder juntos a algunas preguntas; (y, si me permiten, hago esa misma petición a quien esté leyendo este articulo). A través de ellas, intento llegar a algunos consensos básicos en torno a la sostenibilidad, entender el origen del problema, y reconducir el debate a la racionalidad económica. No busco nada más que eso: volver a los orígenes de la sostenibilidad y reencontrar consensos básicos con los que se avanzó en esta figura desde mediados de los años ochenta. Estas son las preguntas:

 

A través de estas preguntas, intento llegar a algunos consensos básicos en torno a la sostenibilidad, entender el origen del problema, y reconducir el debate a la racionalidad económica

Primera. ¿De qué hablamos cuando hablamos de sostenibilidad? ¿Y de ESG? 

Parece una obviedad, pero es sorprendente el desconocimiento que hay sobre los conceptos básicos (sí, sobre esos acerca de los que todos creen tener opinión fundada). Para ello, suelo tomar dos definiciones. La primera es la clásica de Gro Harlem Brutland que, en 1986, definió el Desarrollo Sostenible como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”. La segunda es la que realizó en 2016 el Dow Jones Sustainability Index y según la cual la Sostenibilidad Corporativa es un enfoque de negocio que persigue crear valor a largo plazo para los accionistas mediante el aprovechamiento de oportunidades y la gestión eficaz de los riesgos inherentes al desarrollo económico, medioambiental y social”. De aquí salen algunas ideas básicas sobre las que existe consenso: esto va de creación de valor a largo plazo, ya también de gestión de riesgos y de oportunidades asociados al desarrollo económico, social y ambiental. El acrónimo ESG no es mas que un término que sintetiza los ámbitos que se abordan al hablar de sostenibilidad: economía, medioambiente y sociedad; la G de gobernanza, se incluía en el DJSI en la dimensión económica y se vinculaba a la gestión de riesgos, los códigos éticos y los controles internos. De momento, poco comunismo.

Segunda: ¿Vale todo a la hora de ganar dinero o es necesario poner algunos límites?

Cuando formulo esta pregunta suele haber un consenso generalizado: no todo vale… salvo que te de igual no cumplir la ley y la ética (que es lo que entra en funcionamiento más allá del cumplimiento se la ley) sea una variable irrelevante a la hora de tomar decisiones. Por cierto; conviene no olvidar que el movimiento de la sostenibilidad tiene su origen precisamente en el mundo del Bussines Ethics (qué tiempos aquellos). Una vez más, poca amenaza radical (más bien todo lo contrario).

Conviene no olvidar que el movimiento de la sostenibilidad tiene su origen precisamente en el mundo del Bussines Ethics

Tercera: ¿se puede generar valor al accionista sin crear valor a los clientes?  ¿O a los empleados? ¿O a la comunidad?

Al hacer esta pregunta suelo obtener una respuesta interesante: “en el corto plazo, se puede crear valor a los accionistas al margen de clientes o empleados; pero en el largo plazo, no es posible”. Una vez más, aparece el largo plazo, que suele ser bastante contrario al capitalismo salvaje. Y sobre esto, también hay consenso. 

Cuarta: ¿Están generando hoy los riesgos ambientales impactos negativos en la cuenta de resultados (depreciación de activos, pérdida de ingresos por siniestralidad…)? ¿Y los riesgos sociales? ¿Y los de Gobernanza?

Esta pregunta también genera un acuerdo bastante unánime. No hay más que analizar los escándalos corporativos de los últimos 25 años para comprender que el riesgo de gobernanza puede generar un enorme impacto financiero (recordemos los casos de Banesto o Enron y los quebrantos financieros que supusieron para sus accionistas). Tampoco hay que olvidarse de los enormes costes en vidas (y en la propia cuenta de resultados) que causaron los casos como el Rana Plaza, en Bangladesh, que muchos apuntan con el origen de la futura Directiva de Diligencia Debida. Y, por evidente, es imposible obviar cómo los riesgos climáticos están generando ya deterioro de activos o incrementado el coste de las primas de seguros. En este punto tampoco hay atisbos de estar ante una manifestación de un pensamiento extremista.

Quinta: ¿Existen oportunidades de negocio asociadas a la sostenibilidad? 

Esta pregunta genera un debate más amplio. Para unos las oportunidades están claras (no hay más que ver cómo han crecido las instalaciones de aerotermia, o los coches eléctricos, o los alimentos bio, o tantos otros modelos de negocio asociados a la sostenibilidad para entender las oportunidades). Para otros, en el corto plazo las oportunidades no son tan evidentes y, si lo fuera por la presión regulatoria, aun no habría condiciones de mercado porque el consumidor nos está dispuesto a pagar un sobre precio por productos sostenibles. Sin embargo, sí hay un consenso interesante: como en todos los campos empresariales, cada compañía será la que decida qué decisiones tomar y cuáles no. Llegados a este punto, siempre suelo comparar las oportunidades que surgieron con la revolución digital y la visión que algunas tuvieron (y otras no) de incorporarse al e-commerce; recordemos el caso de Blockbuster (cómo desapareció con la llegada de las plataformas de vídeo) o de los SMS (y su fagocitación por la irrupción del Wassap).

Sexta: ¿Hay que dejar de invertir (o de comprar) en compañías de no cumplan criterios de sostenibilidad?

Al formular esta pregunta, la audiencia se polariza en dos grupos diferenciados: para unos, las inversiones con criterios ESG podrían limitar oportunidades de rentabilidad, especialmente en el corto plazo; para otros, sí se hace necesario aplicar estros criterios porque, además de favorecer la transición hacia un modelo económico sostenible (que es hacia donde se dirige el nuevo marco regulatorio en muchos países a través de la taxonomía) también reduce la exposición al riesgo. Este debate, que está en el origen de la ola anti EG procedente de Estados Unidos, es de los más ricos que suelo tener entre la audiencia; no suele haber consenso en torno a la “exclusión”, pero sí lo hay en torno a tres ideas: la inversión a largo plazo suele estar más vinculada a los criterios ESG que la inversión a corto; mayores riesgos suelen venir acompañados de mayores rentabilidades; y, por último, en toda cartera de inversión conviene tener una combinación óptima de valores con mas o menos exposición al riesgo. Como se ve, ese consenso tampoco tiene connotaciones comunistas.

La inversión a largo plazo suele estar más vinculada a los criterios ESG que la inversión a corto

Y última pregunta: ¿se puede cambiar el modelo económico sin regulación, dejándolo a la libre voluntad del mercado?

Cuando enseño los datos que ponen de manifiesto el crecimiento exponencial de la regulación EGS en Europa y en los Estados Unidos, los asistentes suelen sorprenderse. Conviene recordar que, conforme a los datos proporcionados por Datamaran, a inicio de 2024, en el seno de la UE había activas 621 iniciativas de tipo hard low o mandatory, y 563 soft law o voluntary (frente a las menos de 30 en 2014 en ambas categorías); en los Estados Unidos, y a nivel federal, había 649 iniciativas mandatory y 381 voluntary. Sin embargo, cuando pregunto si es posible cambiar de modelo económico sin regulación, suele haber dos consensos bastante nítidos: solo a través de la regulación pueden impulsarse los cambios de modelo, pero esa regulación debe estar acompasada en el tiempo y contener mecanismos de apoyo para asegurar una transición ordenada. Como se ve, bastante sentido común.

En conclusión

Cuando sacamos el ruido y la polarización política del debate e intentamos volver a los orígenes, es bastante sencillo reencontrar ciertos consensos sobre la sostenibilidad. Consensos simples que giran en torno a ideas bastante sencillas si se toman decisiones pensando en el largo plazo: no todo vale a la hora de ganar dinero, salvo que te importen poco cumplir la ley o la ética; los riesgos ambientales, sociales y de gobernanza son riesgos financieros que hay que gestionar y que influyen en la rentabilidad; existen claras oportunidades de negocio asociadas a la sostenibilidad, que cada uno sabrá aprovechar (o no); y la inversión con criterios ESG no necesariamente tiene que ser excluyente (cualquier cartera puede combinar valores a corto y a largo).

 

 

 

 


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