Un poquito de respeto, por favor

“Me vas a permitir una confidencia –me dijo una vez uno de mis colegas-. Quiero cambiarme de departamento; si te enteras de algo, por favor, dímelo”. Aquella confesión me sorprendió, porque el puesto le venía como anillo al dedo. Y continuó. “Este trabajo me gusta –me dijo- y la empresa también; pero, de verdad, lo que ahora necesito es un poquito de respeto; sólo eso, nada más: un poquito de respeto. Ven conmigo y, cuando conozcas a mi jefe, lo entenderás”.

Y de repente, lo comprendí todo en la que fue la reunión más bochornosa de mi vida. Ni Bertolucci en Noveccento la hubiera ambientado mejor recreando a los fieles de Musolini. El que ejercía de jefe o reyezuelo del cortijo, nos deleitó con su última hazaña. “Pues sí; os juro que saqué a fulano de la cama a las 4 de la madrugada y le pregunté si se había tomado la noche libre – se mofaba  a risotadas mientras los demás cretinos de turno le jaleaban-. Parece que este tío no se ha enterado que cuando quiero unos papeles los quiero ya”- se desternillaba de risa en su silla entre aplausos de sus pretorianos.

Y me acordé de Serrat y de su canción “Algo personal”, y de esa estrofa que dice “No conocen ni a su padre cuando pierden el control / ni recuerdan que en el mundo hay niños. / Nos niegan a todos el pan y la sal. / Entre esos tipos y yo hay algo personal”. Y vi a un cretino frente a mí; a un montón de lameculos junto a él; y la cara de tristeza de mi colega. Y su frase retumbando en mi cabeza… “sólo pido un poquito de respeto”.

Pues de eso va, amigo lector, la tribuna de hoy. Del respeto en las relaciones profesionales. Aun cuando no siempre se estudia en las escuelas de negocio, me atrevería a decir que es el tema estrella, porque con eso que algunos ni tienen ni valoran, se puede hacer feliz o infeliz a muchas personas. Pues bien… ¿en qué se traduce el respeto?

Un primer elemento es el respeto a las normas básicas de urbanidad. Sí, me estoy refiriendo a las primeras lecciones de guardería y colegio, esas en las que los profesores ponen todo su empeño en enseñarnos a dar los buenos días, las buenas tardes y las gracias. “¿Qué se dice, niño?” –me espetaba mi madre cada dos por tres. “Gracias, muchas gracias” -me enseñaron a contestar. Pues bien. A algunos, sacarles unas simples gracias, es como pedirles la luna.  ¿Hace cuanto que no recibe, amigo lector, unas gracias como Dios manda por su trabajo? Pues venga; aplíquese el cuento, que son gratis y su madre se lo agradecerá. Y si no se acuerda, ya sabe: a recuperar en septiembre en la guardería.

Dentro de este mismo capítulo, el de las normas de urbanidad, está también el respeto por las formas verbales. Me estoy refiriendo a los gritos, a los chillidos, a esas explosiones irracionales de cólera, ira y violencia que suelen salir por la boca de algunos reyecitos del mambo. “¿Cómo estás? –pregunté hace días a una amiga. “Bien –me contestó-; por lo menos a mí no me gritan”. Triste. Pero la anécdota que nunca olvidaré es aquella en la que uno de estos energúmenos, en un ataque de rabia, decidió lanzar por los aires una pantalla de ordenador y liarse a puñetazos en la mesa. ¿Adivinan lo que le ocurrió? Pues que en uno de los golpes aquel individuo se fracturó el cúbito y el radio. Al día siguiente, las carcajadas contenidas se intuían por toda la empresa.

En segundo lugar, otra forma de respeto es el que se ha de tener por el trabajo ajeno. En este punto, merece la pena destacar esa frase tan bonita de “esto es para ayer”. Es curioso comprobar la incapacidad que tienen muchos para medir el alcance de algunas decisiones “brillantes” que, según ellos, tienen pasaporte de urgencia histórica; muy pocos son conscientes de los costes económicos, laborales y personales que generan. “No hay nada tan urgente que no pida doce horas de reflexión”- me comentaba uno de mis maestros;- échalo a la fresquera, que madure y a ver qué pinta tiene mañana”. Pues bien; esto no siempre se hace. ¿Consecuencias?: pues tener trabajando a muchísimas personas día y noche, para que luego pase lo que suele pasar: que ni la idea era tan brillante, ni la urgencia era tan urgente. Al final, ese informe, proyecto, estudio, propuesta, etc, no sólo no era para mañana, sino que, además, tampoco se leerá nunca.

En tercer lugar, también es muy frecuente la falta de respeto hacia la profesionalidad y el talento de la gente. Este comportamiento es propio de los gestores supertotales, es decir, esos que están en lo grande y lo pequeño, y se meten en el trabajo de los demás. Estos tipos piensan que saben más de todo que todos los demás: mas que sus secretarias de llamadas; más que los informáticos de informática; más que los vendedores de las demandas del mercado… En fin; piensan que lo otros son unos parásitos inútiles que no tiene idea de nada.

Otro gran atentado que se comete son las faltas de respecto al tiempo de los demás. Y eso se plasma en la convocatoria de reuniones a deshora (por ejemplo, a las 9 de la noche de un viernes); en el desprecio sistemático por las agendas prefijadas; en la ausencia de una cierta planificación de actividades; en el adelantar los plazos de manera arbitraria para apuntarse alguna medallita delante del Jefe…  Hace días comentaba con un amigo la sensación de esclavo y piltrafa que le quedaba cuando, después de estar preparando durante días tal o cual trabajo para la “reunión de mañana”, llegaba puntual a la antesala de los señoritos, le hacían esperar tres y cuatro horas y, después de aquello, le despachaban diciéndole que ese tema se aplazaba sine die, por haber surgido otros temas de interés.

Por último, la gran falta de respeto viene por el desprecio a la vida privada de las personas. Cada día es más frecuente eso de “lo vemos el domingo” o lo del “quedamos a trabajar el fin de semana en el despacho”. Y, normalmente, quien dice eso, no es consciente que la gente tiene familia, tiene una pareja y unos hijos, y que el fin de semana es el único tiempo que tienen para estar con ellos. Normalmente, quien dice eso es que o no tiene familia o, por el contrario, la perdió por el camino. Y no estoy diciendo que no haya que remangarse sábados y domingos; lo que estoy diciendo es que la excepción (los trabajos en día festivo) no puede convertirse en regla general ni en una costumbre.

Bien. Este es el estado del arte. Como diría Buruaga, “así son las cosas, y así se las hemos contado”. Sin embargo, tampoco conviene ser derrotistas, negativos ni maximalistas. Las cosas son como son, y no siempre son como quisiéramos. Por eso, vamos a empezar el año con una cierta indulgencia a los dislates del management. Pongámonos dos propósitos de enmienda. El primero es claro: si cancelas las reuniones; si tiras a la basura o aparcas el trabajo de varios días de tu equipo; si haces que tu gente se quede sin dormir; si en algún momento aprietas las tuercas sin motivo… esta es la penitencia: pedir perdón, explicar por qué pasó lo que pasó, e intentar no volver a hacerlo. Y el segundo, es más claro todavía: el respeto profesional, como el cariño, hay que regarlo todos los días y ganárselo a pulso; y se gana con iniciativa; adelantándote a los acontecimientos; exigiéndote a ti mismo más que a los demás; poniendo todo de tu parte; predicando con el ejemplo; y, sobre todo, sabiendo que hiciste tus deberes aun cuando no te los hubieran pedido.

Cuando hagas todo eso, ya sabes que en tu mano tienes el arma más poderosa de un profesional: eres dueño de tu propia reputación. Y eso hay que respetarlo. Y puedes y debes hacerlo respetar por encima de todo. Y si no lo hicieres, ya sabes lo que diría Serrat: “Entre esos tipos y yo hay algo personal”.

Artículo publicado en el Diario Cinco Días, 18 enero 2001

Comentarios

3 Respuestas para “Un poquito de respeto, por favor”

  1. Esta semana en mi Kindle (4) - Chavalina. Diario on

    […] Un poquito de respeto, por favor : AlbertoAndreu.com – Tan necesario para las relaciones como frecuente es su ausencia […]

  2. Santiago Miguel Faustino on

    Estoy de acuerdo con lo del respeto, el problema es qué y a quién respetar. Todo modelo económico tiene una varianza que hace que tanto las ideas como las personas se salgan de la media, que en definitiva es lo que se intenta evitar. Es decir la mediocridad.

  3. albertoandreu on

    El respeto hay que ganarselo, en doble direccion: de arriba a abajo y de abajo a arriba. Pero en ambos casos, los básicos siguen estando ahí: la educacion, las gracias… las reglas básicas de urbanidad es algo que no conviene olvidar. Puedes estar de acuerdo, o no, en determinadas medidas o decisiones adoptadas. Pero siempre hay un espacio al respeto personal que no puede romperse. Gracias

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