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Bienvenido a la soledad

Hace unos días, un amigo me contaba que iba a cambiar de trabajo después de estar más de 15 años en su empresa de toda la vida. Tenía una buena oferta sobre la mesa: el proyecto era de largo recorrido y calificado como prioritario por la compañía; tenía asegurado el apoyo de la dirección para acometer los cambios necesarios; el puesto encajaba dentro de la llamada alta dirección; su salario se multiplicaba casi por dos; y los beneficios extrasalariales eran notables. En una palabra: llegaba con plenos poderes.

Pero no se le veía ilusionado: “No te veo muy convencido” – llegué a decirle. Y me contestó: “Que va. Estoy encantado. Me apetece lanzar un nuevo proyecto. Lo que pasa, es que me da pereza...  volver a empezar –me confesó. Me da pereza hacer nuevas relaciones para cosas tan simples como ir a comer o a tomar un café. Me da pereza conocer los clanes y las familias de mi nueva casa. Me da pereza descubrir a mi nuevo jefe. Pero, créeme – me dijo; lo que más pereza me da es saber que estoy solo”.

“Bienvenido a la soledad” –le contesté. A partir de ahora te toca estar sólo, en lo personal y en lo profesional. Desde ahora serás siempre el nuevo porque dudo que te pases otros 15 años en este sitio. Y ser el nuevo a tu nivel, significa, simplemente, estar solo”.

Pues de esto va la tribuna de hoy. De cómo empezar de nuevo en un trabajo y de cómo aprender a convivir con la soledad, personal y profesional.  No creo que nadie haya escrito un tratado sobre este tema, pero, si alguien lo hiciera, no debería dejar pasar algunas claves para afrontar su nueva situación.

La primera clave consiste en intentar sacar adelante tus ideas y tu proyecto (aquel para el que la dirección te ha contratado), sin dejarte atrás al resto de la organización (en el mejor de los casos), o sin echarte al mundo en contra por querer cambiarlo todo (en el peor de ellos). Y es que tan malo es no apartarse un ápice de tus objetivos iniciales (y entrar como un elefante en una cacharrería), como renunciar a tus ideas por la dificultad de movilizar a la organización (y quedar absorbido como una ameba). ¿Cómo hacerlo?. No hay muchas claves, pero si hay alguna es ésta: es organizaciones muy sólidas y muy estructuradas lo peor que uno puede hacer cuando llegar es traerse a todo un equipo nuevo con él. Lo más inteligente es meterse en las cocinas, ganarse el respeto y la confianza de los sargentos y de algunos tenientes -antes que la de los generales- y empezar a cambiar las cosas desde dentro, desde los sistemas y los procesos de gestión, desde la columna vertebral de la organización. Cuando el virus del nuevo proyecto entra en los sistemas ya no cabe marcha atrás. Lo nuevo ha empezado a convertirse en normal. Por ahí empieza a vencerse a la soledad: por los sistemas.

La segunda clave es conseguir el respeto personal y la confianza de la gente que trabaja contigo y de tus colegas. Y el respeto y la confianza se ganan, sencillamente, asumiendo compromisos, cumpliéndolos y, sobre todo, no prometiendo nada que no se pueda cumplir. Pero, sobre todo, se ganan trabajando. El trabajo serio y profesional se reconoce por la gente seria y profesional. Las milongas y el humo, acaban por descubrir a sus autores. Y quizá, de este respeto profesional, nazcan algunas relaciones de confianza que le permitan ganar otra pequeña batalla a la soledad.

La tercera clave es buscar aliados. Ya he comentado en alguna ocasión que ser lobo estepario es complicado. Por eso, la búsqueda de aliados no es mala cosa. Lo complicado es cómo y para qué encontrarlos. Dice uno de mis colegas académicos que las organizaciones son la suma de pequeños proyectos personales que encuentran un caldo de cultivo para desarrollarse en comunidad. Pues bien. A eso me estoy refiriendo. Me estoy refiriendo a la necesidad de encontrar pequeños (o grandes) proyectos concretos susceptibles de convertirse en puntos de consenso tácitos para dos o más áreas de la organización. Es decir: no tiene sentido tocar la puerta de nadie y, por tu cara bonita proponerle una alianza para sacar adelante tus proyectos. Eso es una estupidez. Lo que tiene sentido es poner sobre la mesa cosas concretas, proyectos concretos y bien armados, e intentar crear sobre ellos puntos comunes y consensos razonables. Se trata, en definitiva, de colaborar como lo hacen los ciclistas en las escapadas: todos tiran y hacen relevos y luego cada cual defiende sus intereses legítimos.

La última clave es sencilla. Es necesario blindarse en el terreno personal para no sentir una inmensa soledad personal. Quizá ésto no se entienda bien. Pero sí lo entenderá aquel que, recién llegado a un sitio, no tenga más compañero de comida que un periódico. O aquel que, en vista de esa soledad, decida continuar viendo a sus ex compañeros de trabajo, con los que llegó a mantener una relación de confianza, para intentar compartir confidencias y hacer criterio sobre problemas comunes. O aquel que, intentando aproximarse a sus nuevos colegas, haya sentido que los códigos tácitos, las bromas sobreentendidas, o los recuerdos del pasado no compartidos... son verdaderos Himalayas imposibles de escalar. Ante una situación así, lo más sensato es blindarse en lo personal, meter el corazón en una caja fuerte (la que te dan tu familia y tus amigos) para que nadie pueda destrozártelo, y sacar el cerebro a pasear para decidir sin temor a equivocarte.

Pues así se aprende a volver a empezar. A vivir en la soledad. Al final, cuando uno se acostumbra, no se crea que es tan malo: disfrutas más de los tuyos y te duele mucho menos lo que pasa a tu alrededor. Y, además, ya se sabe: más vale estar sólo que mal acompañado. Al menos eso dice el refrán.

Publicado en el Diario Cinco Días, 14 de febrero de 2003


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