Se acabó el verano

Se acabó el verano y vuelta a empezar. ¿Ha vuelto usted con energías renovadas? ¿Se hubiera quedado para siempre en su lugar de vacaciones? ¿Estaba deseando volver o…acaba de llegar y ya está deseando volver a marcharse?. Pues de eso va la tribuna de hoy: del volver a empezar, de compartir con usted, amigo lector, las reflexiones (no muchas, que me canso) de estos días de vacaciones (siempre pocos). Ahí las tiene.

Primera reflexión: Intente usted, por todas las vías posibles, veranear no menos de tres semanas. El reloj biológico es sabio y, aún cuando usted no sea consciente, funciona más o menos así. Durante la primera semana, su cuerpo, su organismo y su mente están sometidos a un curioso proceso de “descompresión”; la adrenalina le está abandonando; su mente le da vueltas a los asuntos pendientes; se encuentra de sopetón 24 horas seguidas con toda su familia (normalmente convive con ella menos de 4 horas efectivas, descontando horas de sueño); el tiempo se le hace eterno; y normalmente llega a un sitio que, o bien no conoce en absoluto, o bien tiene que acondicionar con lo básico. Como me decía un amigo: “La primera semana protesto por todo: estoy en la playa y pienso que debería estar en el despacho; llamo al despacho y me dicen que no hay nada. Total; que no sé muy bien lo que tengo que hacer”.

Por eso, la segunda semana es donde usted tiene conciencia de las vacaciones y empieza a disfrutarlas. El tiempo corre ya más deprisa; la mente empieza a estar dónde está; el entorno ya le es más conocido y puede disfrutarlo mejor; y su cuerpo ha empezado ya a acompasar sus niveles de adrenalina a una exigencia mucho menor. En definitiva: esa semana es la buena, en la que se disfruta, en la que lo malo ya pasó y lo bueno aún queda por disfrutar. Esa es la semana clave.

Y llegó la tercera semana. En ella se produce una extraña mezcla de sensaciones: por una parte, usted es consciente “de lo que vale el tiempo libre”; y lo apura, y lo exprime y lo disfruta como ese último pedacito de entrecot que se deja para el final; o como esas últimas páginas de novela que reserva para justo antes de apagar la luz. Ese es el tiempo de disfrutar y que nadie de lo quite; el tiempo por el tiempo, el tiempo del “dolce fare niente”; el tiempo extra que le conceden sus vacaciones. Pero, junto a esa sensación de “saciarse”, ya es consciente de que esto se acaba, de que lo bueno tiene su fin, de que dentro de unos días se va a volver a encontrar con todo lo que dejó. Y eso le agobia, intenta apartarlo de su mente con una frase típica de Puyol ( “Esto hoy no toca”); pero sabe que está ahí, a la vuelta de la esquina y que en pocos días parecerá que nunca se marchó, que ya necesita descanso y que trabajar es un incordio. ¿A que se siente así?.

Segunda reflexión: Si usted puede, no vuelva a trabajar un lunes. Si una semana “normal”, de esas de todo el año, en pleno inviernazo, ya se le hacen largas…¿ Se imagina lo eterna que puede hacérsele la primera semana post-vacación?. Pues ya sabe. El martes o, incluso, el miércoles, son buenos días para reencontrarse con el despacho, con sus jefes, con sus subordinados, etc.

Tercera reflexión: Su cuerpo y su mente necesitan una pretemporada como la de los futbolistas (ya sabe usted, carreritas, masajes, puesta a punto, tocando poco balón) antes de entrar en pura y dura competición. Por eso, además de incorporarse un martes o un miércoles, dedíquese los primeros días a hacer cosas rutinarias (contestar correos, devolver alguna llamada, tomarse cafés de toma de contacto, etc.). No empiece a fondo hasta el lunes de la semana siguiente, que ya hemos quedado en que el cuerpo necesita adaptación. ¡Se me olvidaba!: si puede, fúmese la tarde del viernes, que una vez al año no hace daño.

Cuarta reflexión (es imposible, lo sé, pero si puede, si le dejan, si no hay nadie en contra…) venda el favor de trabajar en agosto, de irse en julio, de quedarse todo ese horrible mes de calor “haciendo guardia” y “cuidando lo intereses de la empresa”. Véndalo bien y con cuidado porque, si se le ve el plumero, todo el mundo se dará cuenta de una cosa: veranear en julio es veranear dos veces: su mes (julio) y el de los demás. Y es que no puede olvidar que julio es el peor mes del año, porque el mundo entero termina el día 31. O sea: agotador.

Y quinta reflexión, ligada con la anterior: si está usted pensando en hacer cambio organizativos, ya perdió su oportunidad. El mejor momento para hacerlo es la última semana de julio. Quizá sea una gran molestia para su gente (ya sabe, el verano empieza, las incertidumbres de que pasará se posponen, etc.). Pero para su organización es lo mejor. Créame. Haga los cambios el día 28 de julio; anúncielos y comuníquelos el 29; deje un retén de guardia trabajando en agosto… y márchese de vacaciones. Con eso consigue cosas importantes: no tendrá una retahíla de personas tocando a su puerta para llorarle o felicitarle por los cambios; conseguirá que los tiempos muertos para comentar la nueva situación  y que los rumores del nuevo organigrama, se purguen y se lloren en agosto; y, por último, conseguirá empezar septiembre con la nueva situación asumida por todos. ¿A que esto que le digo le suena a película vista?. Es que en el fondo todos somos iguales.

Pues ya sabe. Ahí le brindo unas pocas reflexiones sobre la vuelta al “tajo”. Y, por favor, no olvide una cosa, aunque le parezca tonto lo que le voy a decirle: a divertirse, se aprende; a no hacer nada, se aprende; a disfrutar de la playa y la montaña, se aprende; a convivir 24 horas con toda su familia, se aprende. ¿No cree que ya va siendo hora?

Publicado en el Diario Cinco Días, 13 de Febrero 2002


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