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De jefes, jefecillos y otros dictadores

(O La Fiesta del Chivo a lo empresarial)

Hace unos días un amigo me comentaba. “Es curioso que, estando como estamos, en pleno Siglo XXI, y con la democracia consolidada en Occidente, aun tengamos que aguantar en las empresas a ciertos jefazos, jefes o jefecillos que ejercen su poder como verdaderos dictadores. Definitivamente –me decía mi amigo- la democracia no ha llegado a las empresas, por mucho que algunos hablen del liderazgo participativo”.

Y de repente, me vino a la cabeza: “El Chivo; el Chivo ha vuelto” – me dije. Y me acordé de “La fiesta del Chivo”, la novela de Mario Vargas Llosa en la que describe los últimos años de la vida de Leónidas Trujillo, el que fuera dictador de República Dominicana durante casi cuarenta años. Comencé a hacer memoria y, enseguida, lo comprendí: si alguna vez los dictadorcillos empresariales tuvieron un libro de cabecera, ese es “La fiesta del Chivo”. De su lectura, sale todo un tratado de “dirección dictatorial” que, a mas de uno, le ha tenido que servir de ejemplo. Decididamente, a ser malo también se aprende.

Pues de eso va la tribuna de hoy: de los nuevos directivos/chivos que aparecen por ahí, en las empresas, como pequeños dictadores. ¿Cuáles son las notas que caracterizan su comportamiento? Veámoslas.

Para empezar, el Chivo tiende a rodearse de una serie de secuaces con los que conforma su núcleo duro de poder. El primero de ellos suele ser un hombre de paja al que el Chivo entrega el ejercicio diario del poder. De esta forma, el Chivo se sitúa en un plano superior -como por encima del bien o del mal-, no se quema con las decisiones injustas, e incluso puede aparecer de vez en cuando en su faceta de hombre magnánimo. Este personaje, como el Balaguer de la novela, suele aparecer en las empresas bajo el cargo de Consejero Delegado, Director General o Adjunto a la Dirección. No obstante, todo el mundo tiene claro que “el jefe” es el otro, y que a éste hay que hacerle el caso justo; que es más bien poco. Normalmente, el Chivo no tiene problemas con este personaje, (“es en el único en el que puedo confiar, porque no tiene ambiciones” – se dice en la novela) aunque suele atarlo en corto, no sea que se piense que tiene más poder del que le corresponde y empiece a creerse que es alguien importante.

El segundo personaje típico del Chivo, y el más siniestro, es el Jefe de Seguridad, (el Coronel Johnny Abbes de la novela). Este individuo, que maneja las cloacas, suele tener un enorme poder en las organizaciones sometidas al imperio del Chivo, porque todo el mundo sabe que una palabra suya bastará para sacarle. Ríase; pero no sería la primera vez que uno de estos Abbes, por indicación del Chivo, encarga dossieres confidenciales de determinadas personas para utilizarlos según convenga a los intereses del “jefe”. Además, este personaje suele vanagloriarse (normalmente después de las comidas y con buena carga etílica) de tener al Chivo bajo su control, porque “si yo hablara”…

El tercer personaje que rodea al Chivo suele ser alguien parecido al Henry Chirinos de la novela, es decir, el jurista brillante que tiene por misión dar visos de legalidad a las decisiones corruptas y arbitrarias del “jefe”. Este tipo es alguien “de confianza” del Chivo y, además, le gestiona las finanzas y negocios personales. Y para terminar, el dictador suele tener siempre a mano un asesor personal que se ocupe de su propaganda fina (más o menos, como Cerebrito Cabral). No me estoy refiriendo al jefe de prensa habitual, sino a ese pequeño Goebbles que tiene por misión convertir al Chivo empresarial en una especie de personaje inalcanzable para los mortales, en un mito viviente. A este personaje, para resumir, le importa poco la institución; lo que le importa es el “ad-mariorem gratiam” del Jefe. De ahí que, como a Cerebrito Cabral, le sea tan fácil caer en desgracia, porque no siempre es fácil interpretar la fina voluntad del Chivo.

Una vez definido el “aparato del Chivo”… ¿cuál es su perfil psicológico? La primera nota es que, como buen dictador que es, no tiene enemigos, aunque sus amigos le odian. Por eso, el Chivo siempre está rodeado de gente mientras ejerce su poder, pero se queda sólo cuando lo pierde. Es curioso, pero llegan a perder tanto la perspectiva de las cosas que, cuando se retiran de la vida activa, son incapaces de digerir que, los que antes eran sus amigos, hoy le desprecian porque ya no tiene poder con el que cobijarles.

Otra característica típica es su enorme volubilidad. Lo que hoy vale, mañana no. Lo que ayer no valía, hoy sí. Y quien ayer era el chico o la chica de moda, hoy es un perfecto trasparente. Y es que tiene una enorme capacidad de ignorar a quienes les sirven, con la idea, quizá, de hacerles pasar determinadas pruebas de lealtad (que se lo digan al Cerebrito Cabral).

Otro rasgo de personalidad es la crueldad. Y ésta, en las empresas, normalmente se pone de manifiesto en las reprimendas y en los ceses. Un buen amigo me contó cómo su Chivo particular, días antes de cesarle, le convocó a una reunión para recriminarle la marcha de su línea de actividad. Hasta ahí, todo normal; la crueldad vino porque, para asegurarse que la reprimenda llegara abajo, también convocó a las cuarenta personas que dependían de mi amigo y les arengó de la siguiente manera: “Ya lo han visto: el que quiera entender, que entienda”.

Y para terminar, la personalidad del Chivo es también faraónica. Quizá en la creencia de que es inmortal, o de que su obra ha de perpetuarse por los siglos de los siglos, tiene la tendencia obsesiva a acometer obras faraónicas y reformas inmobiliarias que dejen constancia de su paso por esa organización. No pueden evitarlo; algunos ha sido capaces, incluso, de construirse ascensores panorámicos ultramodernos en medio de un edificio histórico… sólo para su uso personal.

Así son los Chivos. Lamentablemente, las heridas que dejan en las organizaciones perduran durante muchos años. Pero, afortunadamente y con el tiempo, van desapareciendo: o los destronan, o se mueren.

Publicado en el Diario Cinco Días, 15 marzo de 2002


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